Si a los Valores Absolutos, No a los Porcentajes.



En uno de los días del mes de noviembre del año en curso, recuerdo que me encontraba caminando con unos amigos dentro de un centro comercial de la ciudad de Buenos Aires. Como es típico de estos tipos de paseos, cada quien observaba lo que más se ajustaba a su gusto y estilo, en ocasión de lo que aquellas amplias vitrinas exhibían para ventas. Sin embargo, noté en aquel momento de que todos compartíamos una realidad, nos encantan los porcentajes, no los valores absolutos.

Se preguntará a que me refiero con porcentajes, y cuando digo porcentajes, no intento hacer uso de algún tipo de metáfora graciosa para llamar la atención del lector, sino a lo que en matemáticas se refiere a la forma de expresar un número como una fracción de 100, es decir, X valor de cada 100. La mayoría de los aparadores de aquel centro comercial, indicaban de manera escalonada distintos porcentajes, que se referían a descuentos. Montos entre 10 a 40%, era la escala de razón, -como se dice en estadísticas-, que ofertaban aquellas tiendas como forma de atraer a la clientela.

Factores estacionales, como es el cambio de temporada, motivaban a que la oferta, (las tiendas), mostrarán dichos descuentos, y que la demanda, es decir, nosotros y todo el universo que comprenden los consumidores, ante la ``baja de precios`` incrementáramos nuestros niveles de adquisición de bienes y servicios. El juego de la oferta y la demanda se recreaba frugalmente delante de nosotros.

Sin embargo, no era ese el tema que realmente ocupaba mi atención en dicho momento; situaciones como la anterior las constataba diariamente. Lo que atrajo poderosamente mi atención fue el tema de los porcentajes referidos a descuentos. Observaba, como si se tratare de algún estudioso de la econometría, como mis amigos y todo aquel desconocido que allí se encontraba presente, se deleitaba con aquellos descuentos, en tanto otros alardeaban de que se habían ahorrado entre el 10 al 40% de la inversión que habían realizado.

Sin embargo, como ser perfectible que soy, y de manera inconsciente, caí preso del fenómeno que en aquel momento conquistó mí atención y que hoy día es motivo de que mis dedos se desplacen por todo lo largo y ancho del teclado. Recuerdo que me acerque a un stand que se dedicaba a la venta de pasajes aéreos y observaba que un boleto en clase económica a República Dominicana, costaba 1500 dólares con un descuento en ese momento de 10%, es decir 150 dólares menos del costo original. Por otro lado, me acordé de una oferta que había escuchado de un boleto en ómnibus a la ciudad de Rafaela en la provincia de Santa Fe, República Argentina. Dicho ticket costaba 100 pesos argentinos y tenía un descuento de 25 %, es decir que el boleto costaba 75 pesos argentinos. Ambas constituían el abanico de opciones a elegir para mis próximas vacaciones navideñas, de donde se deduce que una y otra se enmarcaban dentro de mí acotado presupuesto.

EEn aquel momento me pregunte ¿Cuál de las dos opciones en términos económicos resultaba más provechoso para mí? Dicha pregunta me la hacía al margen de lo que para el marketing significa valor, o sea, la apreciación subjetiva más o menos intensa que el actor da al medio que piensa que servirá para satisfacer un fin, es decir, lo que el cliente recibe por poseer tal o cual producto, lo que para él significa tener eso. Puesto que, de tener en consideración esta premisa no estaríamos refiriendo a mis deseos, es decir a las formas que adoptan mis necesidades humanas una vez determinadas por mí cultura y mi personalidad.

La respuesta a mi pregunta fue que el boleto en ómnibus era más provechoso pues resultaba una menor inversión de capital para su adquisición que para obtener el boleto aéreo, además de que el porcentaje de descuento era mucho mayor que el otro. Evidentemente mi solución fue errónea, pues como 1 es más que 0, 11 es más que es 10, 150 dólares son más que 25 pesos argentinos. Fui preso, como dije anteriormente, de un error común en los humanos. Independientemente del valor que me proporcione a mi viajar o Santa Fe o a República Dominicana, al margen de que los precios son significativamente distintos, cuando vamos al supermercado, a una tienda, a un restaurante, al cine o cualquier otro lugar en donde se provean bienes y servicios y en ellos resultamos expuestos a propagandas de descuentos siempre miramos el porcentaje del precio que nos vamos ahorrar, no el valor absoluto en sí. En el caso que cite evidentemente 25% resulta más atractivo que 10%, sin embargo traducidos eso porcentajes a valores numéricos reales, la realidad es otra.

Como dije, 1 es más que O, 11 más que 10, 150 más que 25. A la hora de tomar una decisión de tipo económica, digamos si a los valores absolutos, no a los porcentajes.

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