Hacia la construcción de la hegemonía popular.
La
dispersión, represión y universalización ideológica que ha sufrido en los
últimos 50 años el movimiento político y social progresista en RD, contados a
partir del proceso de contrarrevolución que inició con el golpe de Estado al
gobierno de Bosch, la posterior revolución de abril, la invasión de los Estados
de Unidos de América y la imposición de gobiernos contrarios a los designios de
la mayorías nacionales, es de proporciones gigantescas. Ha sufrido fuertes
embestidas en aras de provocar sino su desarticulación por lo menos su
moderación a través de la adopción de un discurso que contenga los términos de
la discusión política impuesto por las elites dominantes.
A
partir de esa realidad, la mayoría de las organizaciones que han surgido han
nacido más como síntoma que como viabilización orgánica de la voluntad
mayoritaria. Es decir, como un canal que germina a partir de la inexistencia de
entidades que aglutinen expresiones, sentimientos y demandas democráticas
históricas y de actualidad que se encuentran insatisfechas y por fuera de las
instituciones orgánicas del Estado.
Sobre
la base de estas consideraciones la visión sobre la lucha política que deben
asumir los sectores progresistas del país tomando en cuenta las condiciones
objetivas que se presentan, nos coloca en un escenario que si se asume con la
responsabilidad y paciencia histórica que ameritan las circunstancias, estamos
ante la posibilidad de re-significación del orden político existente.
El campo de la Lucha.
Nuestra
visión de la política y de la lucha que se produce a partir de ella, implica la
aceptación de la premisa de que la política es la constante batalla por el
sentido. Es pues, la constante pugna entre puntos de vistas. No es posible
concebir la política en sentido filosófico si no es a través de la relación
dialéctica de poder que se produce a lo interno de una sociedad. Y de eso se
trata, de cómo están distribuidas y ubicadas las relaciones de poder.
Partiendo
de esta visión, los que nos involucramos en la lucha política, aceptamos
entonces la idea de que la relación social que constituye lo que podemos
denominar como el vinculo constitutivo de lo político, lleva implícito el
intento efectivo de generalizar los valores particulares de un sector social
para el conjunto de la población. Es decir, un sector con la característica de
ser dominante, construye una relación en la cual es capaz de generar en torno a
sí un consenso en el que incluye a otros actores con características de
subordinado y al cual le impone ese determinado proyecto particular de valores
con la capacidad de encarnar una idea universal que reúne y articula a la
mayoría de su comunidad política. Esto implica que ese actor que tiene la
capacidad de imponer sus valores particulares, adquiere también la facultad de
determinar y fijar las condiciones y reglas sobre las cuales quienes quieren
desafiarlo deben hacerlo. Es esto lo que se puede definir como una relación
hegemónica.
Quiere
decir entonces, que la lucha política es la lucha por la hegemonía o dicho en
términos concretos, es la lucha por la imposición de un proyecto de valores
alternativos al que rige la comunidad política. Esto es así, pues los valores
siempre esconden una atribución omnímoda que alguien les da, es decir siempre
que sean valores para alguien contienen un reverso fatal y es que valen siempre
en contra de alguien. Entender este reverso fatal es fundamental porque explica
las condiciones subjetivas que se necesitan en el pueblo para materializar las
transformaciones. En tanto esos valores valen en contra de las mayorías, se
justifica entonces la indignación que produce el enfrentamiento cotidiano con
la estructura social, política e institucional que impide o coloca un techo a
las aspiraciones de ese sector subordinado que se ve subyugado en la relación
hegemónica.
Sin
embargo, esa indignación se expresa de forma dispersa y busca respuesta sobre
la base de las preguntas que fija el actor hegemónico, que es lo que constituye
el sentido común que da como válidas las causas reales de la insubordinación de
la gente, pero que en tanto sentido común obnubila al indignado en el proceso
de construcción de su conciencia política, ya que de forma predeterminada lo
anula para cuestionar o tan siquiera observar con mirada diferente el entorno
que lo rodea. Sabe que algo anda mal y le impide superar sus condiciones
materiales de existencia, pero no sabe porqué, pues el porqué está escondido en
lo que él considera como sentido común y que se supone como incuestionable e
invariable.
La
relación hegemónica, que es la relación política entre actores con proyectos
distintos, es una relación dinámica, inestable, negociada y contestada. Y
reflexionar sobre estas características resulta vital para no perder el rumbo
en el curso de la lucha política. ¿Por qué decimos esto? Lo hacemos, pues,
porque la relación hegemónica tiene la capacidad -y la tiene para que pueda
existir y persistir-, de no sólo imponer sus contenidos, sus valores
particulares y darles carácter de universal, sino que asume los contenidos de
los subordinados y los re-articula en la relación. Es dinámica, negociada,
contestada e inestable precisamente porque es una pugna constante en donde el
actor subordinado intenta disputar en mayor o menor intensidad y dependiendo de
la circunstancias históricas, el control de la relación, obligando entonces al
actor hegemónico a incluir en su orden reclamos, demandas, expresiones,
sentimientos con vocación antagónica y los hace suyos, como una forma de
desposeer a los subordinados de la capacidad de subvertir la relación de poder.
Hay
entonces un mandato imperativo que obliga a que la relación tenga que ser
renovada continuamente. Esa batalla es cultural y discursiva: cultural porque
impone símbolos, hitos, mitos, palabras, definiciones, los términos y el campo
de la discusión política; y discursiva, en el sentido semántico y performativo,
porque implica la producción y reproducción del sentido común, es decir de
vivificar en cada instante el orden. Por ello, el discurso político no es
expresión de un orden determinado, sino su constante construcción.
Es aquí
en donde me parece se debe centrar la atención de los sectores progresistas del
país. Es decir, nuestra lucha política tiene que ser una lucha por la
hegemonía. Partiendo de que el discurso político es construcción y no expresión
-“lo que se dice produce sentido”-,
nuestra tarea debe ser la de establecer: 1) un cuestionamiento constante a los
términos de la disputa, lo cual se logra a través de la incorporación de un
lenguaje, de símbolos, de hitos, mitos proscritos por el actor hegemónico y que
se encuentra excluido del lenguaje políticamente correcto; 2) la construcción
de un nuevo campo político, es decir el espacio donde se cumplen las acciones,
se recrea la discusión, se construyen las agendas nacionales, etc.; 3) la
capacidad de re-significar y re-definir elementos que forman parte del debate y
dar un sentido distinto, de transformación, de cuestionamiento político (de la
relación) y coherente con el proyecto de valores de cual somos o debemos ser
apóstoles.
Nuestra
labor debe estar enfocada en como logramos que la idea universal sea aquella
que traduzca y exprese el proyecto de las mayorías y esto implica una labor política
de subversión. De lo que se trata aquí es de re-abrir las puertas del sistema
democrático y llenarlo de las expresiones, de las demandas, de los anhelos de
tanta gente que se ha quedado fuera. Se trata de construir esperanza y
materializarla. Podemos hacerlos y lo vamos a hacer.
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