Podemos ser Inmortales.
“Los hombres viven obsesionados por
la inmensidad de lo eterno. Por eso nos preguntamos: ¿tendrán eco nuestros
actos con el devenir de los siglos?, ¿recordarán nuestro nombre los que no nos
conocieron cuando ya no estemos?, ¿se preguntarán quiénes éramos, la valentía
que demostramos en la batalla o lo apasionados que fuimos en el amor?”. Así hablaba Ulises uno de los
héroes de la Ilíada de Homero, y así lo recogió Wolfgang Petersen, director y
guionista alemán en la película Troya.
Y estoy de
acuerdo con aquello que decía Ulises y que de manera magistral acopió Homero en
su obra inmortal. Los hombres desde tiempos inmemoriales han estado
obsesionados con la inmortalidad. De que sus nombres no sean olvidados y que a
través del discurrir del tiempo su legado no perezca.
En
principio parecería que hay algo malo en esta actitud. Un poco de vanidad tal
vez. Pero, creo que sería un tanto mezquino interpretar esta pretensión de
tributo como simple jactancia. Entiendo más bien, que recordar a aquellos
quienes por sus acciones determinantes en pro de la defensa de sus pares o para
el desarrollo y progreso de sus pueblos, es un acto de estricta justicia.
Ahora
bien, mi intención en este momento no es la de recordar a nadie, no obstante
haber muchos que recordar, pues quizás así, las cosas marcharan de modo
distinto. Mi propósito más bien se cifra, en hacer un llamado a mi generación.
Decirles que nuestras acciones pueden augurarnos la eternidad, esa inmortalidad
que se ganaron personajes como Jesucristo, Lincoln, Gandhi, Mozart, Beethoven,
Da Vinci, Rousseau, Voltaire, Einstein, Shakespeare, Bolívar, San Martín,
Duarte, Sanchez, Mella, Luperón entre tantos hombres que hoy recordamos por sus
acciones en beneficio de la colectividad, y que en mayor o menor medida le han
hecho merecedores de un espacio en la eternidad.
Se trata
de ser mejores en todo lo que hagamos. Ya sea en la política, música,
literatura, artes plásticas, ciencia, en fin en todas las áreas del saber y
como el resultado de nuestras acciones redundaran irrefutablemente en beneficio
de la colectividad.
En nuestro
caso, nuestra generación puede comenzar a construir ese camino hacia la
eternidad, pero esto sólo lo lograremos a través de nuestras acciones
particulares, para así conformar un conjunto, que nos permita distinguirnos de
aquellas generaciones que nos toca suceder y que sin duda han fallado.
Esto lo
conseguiremos siendo mejores ciudadanos, mejores hijos, mejores hermanos. Que cuando
nos toquen asumir responsabilidades, la asumamos y que cuando no estemos a la
altura de las circunstancias, reconozcamos que es así y dejemos que el más apto
la asuma. Que en todos los casos, la ética debe regir nuestras conductas
profesionales. Que los mandatos justos de la ley no se aplican de manera
circunstancial, sino siempre. Que la moral es un modo de vida y que solo una
debe ser practicada. Que los principios deben ser parte de nuestro código
genético, nuestra esencia, nuestro espíritu y que sin ellos dejamos de ser. Que
debemos escrutar nuestra sociedad, desnudarla y transformarla, pues somos
nosotros los encargados de romper el paradigma con el que vivimos. Que debemos
cuestionar las falsas proposiciones de este sistema que estamos compelidos a
cambiar. Que desde ya somos deudores de las futuras generaciones a las cuales
legaremos el país que fruto de nuestras acciones podamos construir.
Si no
queremos perdernos en el olvido tan pronto como estemos muertos y
corrompidos, hagamos como dijo Benjamín Franklin, escribamos
cosas dignas de leerse, o mejor aún, hagamos cosas dignas de escribirse. La inmortalidad
puede ser nuestra. Ésta en nosotros tomarla.
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