Corrupción y Complicidad Social.

  
En los últimos años la palabra corrupción ha estado asociada únicamente a aquellas prácticas destinadas a la malversación de fondos públicos, prevaricación e incumplimiento de los deberes de los servidores públicos. Esto así, pues el discurso político se ha encarnizado en torno a este flagelo ante el galopante aumento que se ha visto reflejado en los índices internacionales de mayor respeto en el mundo. El déficit fiscal, los nuevos millonarios y la ampliación de la brecha entre clases sociales es una muestra material de este mal social en la acepción que he indicado.       

Sin embargo, no es este tipo de corrupción la que me interesa analizar en esta ocasión, pues a pesar de todo, este tipo de corrupción es propia de un grupúsculo: aquellos que detentan el poder y aquellos cercanos a estos. En efecto, aunque existe una sociedad con candidatos potenciales para ejercer este tipo de corrupción, hay que entender que no todos pueden consumar -siendo sarcástico- este privilegio.

El tipo de corrupción al que me quiero referir, posee un alcance más amplio. Esta, cual si fuere el aire, es respirada y compartida por gran parte de los dominicanos. Se trata de una corrupción espiritual, que posibilita la corrupción material que hemos referido. Veo preciso traer a colación una anécdota, a fin de ilustrar lo que sostengo.

A mediados del mes de febrero del año en curso, me encontraba desayunando en la cafetería de una reconocida clínica este país. Estando allí me encontré con una desagradable sorpresa. Frente a mi, se encontraba desayunando con una pasmosa tranquilidad, Luís Álvarez Renta. Si, el mismo sujeto que fue condenado junto a otros, a 10 años de reclusión, por el fraude bancario más colosal de nuestra historia.

No podía creer lo que mis ojos veían. Lo observé con detenimiento hasta convencerme de que se trataba de él. De inmediato, miré hacia mí alrededor en busca de alguna autoridad policial, pues no me explicaba qué hacía ese sujeto ahí acompañado de un chofer personal, disfrutando de la libertad, cual un ciudadano común y corriente, cuando dicho derecho le había sido suspendido. En aquel momento, saqué algunas fotos del evento, las cuales remití a varios medios de comunicación a forma de denuncia, la Policía Nacional y la Dirección General de Prisiones. Se inició una investigación al respecto, cuyo resultado arrojó que dicha visita no había sido autorizada al señor Álvarez Renta. Sin embargo, por esto nadie pagó consecuencias. Todo quedó así, en la nada, como suele pasar en este país.

Ahora bien, lo que hoy más llama mi atención respecto de esta perversa epifanía y lo que me mueve a profunda preocupación, es como la mayoría de las personas que se encontraban allí -y eran muchos- se acercaban al señor Álvarez Renta con gestos de cortesía y hasta de lisonja, como si se estuviesen saludando al patricio Francisco del Rosario Sánchez, luego de que fue arrestado injustamente por ordenes de Pedro Santana.

Y al ver ese comportamiento, esa conducta cómplice, que en algún momento hemos adoptado todos, me di cuenta de que existen otros tipos de corrupción que propician el clima de barbaridades que recogen los titulares minuto por minuto.

Hace unos días, ese sujeto fue favorecido por una decisión aberrante, que en resumidas cuentas, le otorgó la libertad. Esta decisión, es harto sabido, que contó con el respaldo y la anuencia de sectores muy influyentes de la vida nacional y de altas autoridades.  Es decir, más complicidad.

Esta decisión me hizo recordar aquel momento funesto. Básicamente, porque en aquella ocasión, me cegué por la indignación al ver al preso que más jode -como lo llamó sabiamente Sara Pérez- libre, como el rumor popular lo comentaba, de que estando preso, esta más fuera que dentro.

Sin embargo, en esa oportunidad, no reparé en analizar la dimensión más importante de aquel suceso: la sociedad cómplice y corrupta en que vivimos. La sociedad que alimenta las cosas que nos han venido sucediendo y que nos suceden, la que aúpa a los inmorales y deshonestos, la sociedad que militantemente se la pasa criticando todo el clima de putrefacción que nos asola, pero solo en aquellos casos en que los resultados particulares que se derivan de este estado de cosas, no le benefician. Esta sociedad, que ha pasado de estar compuesta de ciudadanos, a simples individuos; conceptos que sabemos, son muy diferentes.

El flagelo de la corrupción del que tanto se habla y que tanto daño nos ha hecho, no se trata solo de lo que falta mensualmente en el erario público producto de las malas artes empleadas por los funcionarios y de la ausencia de un sistema de consecuencias que castigue estos actos. Se trata también del comportamiento sincero que como sociedad debemos de asumir. De que nuestras conductas y nuestras acciones sean canalizadas a repeler enérgicamente y de forma sincera los desdichados actos de corrupción y de que aquellos que lo perpetran. A dejar de asumir un discurso conveniente y acomodaticio solo porque las derivaciones de esas inconductas no nos conviene. 

El primer paso para luchar contra la corrupción, consiste en luchar primero contra nosotros mismos. Contra esa envidia de querer ocupar la posición del corrupto. Del amiguismo y el familarismo. De que debemos entender que para agradecer, no es necesario inclinarse. De que ser incondicionales constituye por lo regular una traición al pueblo. De que resistir el mal, debe ser asumido como un modo de vida, como un afán. Solo así se fragua la voluntad y la determinación para minimizar hasta su mínima expresión las constantes manifestaciones de esta calamidad.


 




[1]El autor es abogado, escritor y político.

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