Juventud, divino tesoro: ¿hacia dónde vas?
Esta semana he sido impactado
por la cultura de violencia y de los valores a lo que estamos sumergidos. He
podido apreciar -desafortunadamente- la justa dimensión del problema. Tres hechos puntuales me han llevado a las más
profusas de las reflexiones con relación al camino que está tomando la juventud
de estos tiempos, generación a la que pertenezco con cierta aprensión.
El primero de esos hechos, fue el
suicidio de un joven que residía en la provincia la Altagracia, el cual se
quitó la vida, luego de sostener una relación tormentosa con su pareja, la cual
estuvo colmada de infidelidades, problemas de comunicación, etc. El segundo hecho,
fue el asesinato del joven José Carlos Hernández, hijo del fenecido merenguero
Jochy Hernández, luego de que 3 antisociales, jóvenes al igual que él, le
propinaran 27 puñaladas, llegando incluso a arrancarle brutamente un piercing
que tenía en parte inferior del labio. El tercer hecho, se
trata de un joven amigo, de una posición social económica estable, de buena
familia, estudiado y con una instrucción meridianamente aceptable, que se quejaba con vehemencia y se mostraba
preocupado porque posiblemente le quitarían una botella que tenía en la CAASD, donde se encontraba cobrando
desde hace ya varios años sin prestar servicio alguno, y que fruto de la ola de
reformas emprendidas por el gobierno de turno, esto ya llegaría a su fin. Estos
tres sucesos me han golpeado con contundencia. Evidentemente, cada uno con
intensidad distinta.
El primer caso, que no
es el único que ha ocurrido, me lleva a reflexionar sobre el proceso de
sociabilización que han y están teniendo los jóvenes de hoy y como este no ha
contribuido a la creación y
fortalecimiento de la autoestima de cada uno de nosotros. Como ese joven
que se quitó la vida, entendía que su vida o su honor dependía del valor que
otra persona le daba y no de la opinión que el mismo se había hecho de él. ¿Qué
valor tenía su vida? El fatal desenlace de su historia, nos muestra que el
valor de su vida era el que nacía de su entorno, no de sí mismo.
El segundo caso, el
que más impacto ha causado en mí, por lo brutal y horrendo del suceso, me lleva
a pensar en el sentido de qué valor tiene la vida del prójimo para cada uno de
nosotros. Pareciera una inversión del sentido horizontal que debe primar en una
sociedad, donde se ha transmutado hacía una especie de principio perverso en
donde el prójimo es el enemigo. 27 puñaladas
recibió el cuerpo de ese joven, las cuales divididas entre los
victimarios equivaldría fríamente a 9 puñaladas por cabeza. 3 jóvenes, cuyas
edades no sobrepasan los 28 años, unieron voluntades para quitarle de la manera
más despiadada y alevosa la vida a otro joven de tan solo 23. Sus tatuajes, sus
aretes, sus creencias, sus faltas y defectos, nunca será razón para justificar
lo que hicieron sus agresores.
El tercer caso, quizás
el de menor importancia por la indiferencia silvestre que se da en nuestro
país, consiste en cómo ese joven, que no es el único, si uno de tantos, se
queja y maldice por el hecho de que no podrá seguir transgrediendo la ley y
haciéndole daño al Estado. Esto nos lleva a reflexionar como se ha perdido ese
sentido del decoro, del respeto a la ley, de cómo nos hemos alejado de la
cultura de la legalidad, del deber ser.
Acontecimientos como
estos, dignos de total atención y preocupación, me lleva a la pregunta que
sugiere el título de este artículo. Me lleva igualmente a cuestionarme si la
juventud de hoy, esta preparada para ser el relevo generacional que necesita
nuestro país y, asumir el compromiso que se deriva de hechos como estos que
hemos señalado.
Pedro Henríquez Ureña,
por allá por el año 1925, escribió un ensayo que más que ensayo, fue todo un
programa filosófico y político para Latinoamérica, contra el desaliento y las
frustraciones, titulado: ´´Volvamos a comenzar´´. En aquél ensayo refería que
debíamos estar prestos a volver las miradas hacia el momento inaugural de la
exploración, cuando el infortunio ha estorbado el camino hacia nuestro
objetivo.
La juventud debe
entender que es ella la encargada de acabar con esta civilización
de soledades que se encuentran y desencuentran continuamente sin reconocerse.
De que debemos cambiar el orden de los factores, y comenzar ha organizar el
mundo para vincularnos y no al contrario, donde el prójimo sea una promesa y
jamás una amenaza. De que las utopías son guías, no obstáculos. De que los
desafíos son invitaciones al cambio, no sentencias de resignación. De que el
presente puede ser una penitencia inevitable, pero el futuro no tiene porque
serlo.
El sendero que
transitamos no nos depara soluciones. Todo lo contrario. El conformismo es la
faceta de la humanidad que más nos destruye. Juventud, divino tesoro: ¿Hacia dónde
vas? Volvamos la mirada al punto de partida, pues creo que es hora de que
volvamos a comenzar.
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