Son los partidos, no la política


La pérdida en el interés político de los diversos sectores de la sociedad dominicana es un tema que ineludiblemente debemos tratar, a la hora de realizar un análisis político que tenga como desenlace la búsqueda de soluciones a los pesares que hoy día aquejan a nuestra nación. 

Este desinterés en la actividad política es una de las razones que ha provocado la polarización del poder por parte de los partidos políticos tradicionales. Es una consecuencia clara y evidente que nace de la despolitización de la sociedad dominicana y que evidencia la falta de empoderamiento del pueblo. Cuando se incrementa la abstinencia electoral, desaparece la legitimidad en la toma de decisiones y se pierde la esencia de la democracia, que entre otras cosas se resumen en la participación plural y ciudadana.

Este desinterés ha absorbido hasta el último ápice de participación real y no servil del electorado. Un pueblo aturdido por la desgracia y la decepción y embriagado en la amargura de contar con créditos incobrables, sobre promesas impagas efectuadas por los políticos que ayer y hoy han manejado los destinos de la nación. Una razón válida para sentirse asqueado de participar en la actividad política y de descreer de la oferta de discursos que se ofrecen día tras días en la palestra pública.

No es un descubrimiento mío, ni una noticia para nadie, la imperiosa necesidad de cambio en nuestro país. Es una realidad obvia, necia y vergonzosa. La última campaña electoral es fiel muestra de esto que sostengo.

La idea de cambio, aunque no en los términos más sinceros, resultó ser la piedra angular en torno a la cual giraron las campañas políticas de los candidatos postulados y el discurso del recién juramentado presidente, es el resultado de la asimilación de ese sentir que yace en los corazones de este pueblo. Que el gabinete designado lo contradiga, es otra cosa.

Antes de continuar, entiendo preciso la necesidad de fijar en la mente de los lectores, cual fetiche, que cuando hablo de política, me refiero a la acepción más pura y dogmática del concepto. Es decir, gestionar y administrar el Estado en pos de la colectividad ceñidos a los principios éticos que rigen la conducta dentro de la administración.

Partiendo entonces, de la concepción que tenemos y aspiramos del concepto de política, y no el de realpolitik que surgen en Alemania y que se aplica localmente, referimos como la despolitización de la sociedad, es decir la pérdida de interés en la actividad política, ha provocado la polarización del poder en manos de los partidos tradicionales y como esa omisión en la participación nos convierte en cómplices y patrocinadores de todo lo que nos viene ocurriendo.

 

Una indiferencia motivada por este híper presidencialismo rampante, que no ha permitido que gocemos de la idea de democracia que se desarrolló entre los siglos XVIII y XX. Que no nos ha permitido profundizar en la justicia distributiva de la democracia social, por las altas dosis de ética y de transparencia que requiere. Que nos hace ignorar la democracia liberal, por lo exigente que es; y, mucho menos, preocuparnos por el equilibrio que reclama la democracia republicana. Que nos hizo olvidar las ideologías, y nos ha hecho parte de un mundo posideológico. Que ha convertido a los dominicanos en esclavos de lo efímero, de la respuesta rápida, pícara y ocurrente, aquella que hace gala de conocimiento y confunde. Que hizo que tengamos esta democracia sagaz, rauda, simpática, que aminora la magnitud de los problemas y que está hecha a la medida de nuestros gobernantes.

 

Esto es claramente evidenciable en mi generación y a las que precedo. Una juventud en su gran mayoría sin identidad, servil, amante de lo fácil y lo que está al alcance de la mano. Malograda del deseo de crear, de cambiar. Hipnotizada por un individualismo alarmante y acallada por el patrocinio fugaz de placeres absurdos y pasajeros. De pocas ideas, una generación Twitter, de 140 caracteres, ni más y en la mayoría de menos. Una generación, salvo contadas excepciones, que parece concebida para que sea absorbida por la historia.

La falta de integración en las actividades políticas es la razón del empoderamiento y consolidación de los partidos políticos tradicionales. Mientras nosotros decidimos apartarnos del camino de la política por la desviación práctica que ha sufrido esta ciencia en relación a los principios que la soportan, los conductores de nuestra ominosa realidad siguen estructurándose e integrándose con la clara finalidad de seguir perpetuándose en la silla de alfileres.

Como consecuencia del crecimiento del abandono y menosprecio de la vida política de nuestro país, la juventud ya no aspira a tener posiciones de liderazgo en el campo político, lo que provoca que la administración y organización de la sociedad, quede relegada en personas cuyos propósitos y capacidades para ejercer esta función son más que cuestionables.

La idea de cambio que ha sido alimentada casi con glotonería en los últimos 16 años, en razón del escandaloso comportamiento de los funcionarios de turno  y la gran deuda social acumulada robustece mi posición. No importa el color con el que se hayan vestido, se advierte como la falta de participación y el masoquismo desmedido del soberano  en la dispensa de oportunidades a las mismas ofertas electorales sigue profundizando el problema.

La politización de la sociedad, vista desde nuestra perspectiva, implica un mecanismo de control a nuestros representantes y una forma de exigir una conducta adecuada y acorde con los lineamientos trazados por la ley y las reglas de la ética. Es volver a nuestra esencia, a lo que fuimos o pretendimos ser.

Esa integración que profeso, es la misma que caracterizó a todos los movimientos que en el transcurrir de la historia han logrado triunfos en por de la consagración y reconocimiento de derechos, de victoria independistas, es decir de todos aquellos excesos que tuvieron como objetivo romper con las paradigmas de represión que pululaban en todo lo largo y ancho de globo terráqueo. Como es el caso de los negros, las mujeres y homosexuales, que reclamaban igualdad en todas las índoles pensables.

Sólo el que está enfermo puede desear ser curado. Es el caso de la sociedad dominicana, sólo ella y los que padecen día tras día los bretes de la cotidianidad pueden pretender una conmutación de la situación. Es impensable el deseo de un funcionario de los que actualmente gozan del poder, querer cambiar una situación la cual le resulta beneficiosa a sus intereses. Todo lo contrario, le conviene consolidar el letargo en el cual están todos los dominicanos y que le permite un devenir tan placentero.

El estudiante que tiene que utilizar el transporte público que tenemos actualmente, es que puede desear que cambie. El ama de casa, que compra cada vez menos cosas en el supermercado, también. El que tiene que acceder a una operación o el anciano que tiene que comprar medicamentos para la osteoporosis puede pretender que los servicios sanitarios mejoren.

Es por ello, que se precisa de una sociedad más integrada e interesada en surcar los mares de la política, que la reinvente, pues de esa forma al generar y alimentar nuevas opciones de poder, se obliga a todos los actores del espectro a dar y cumplir con sus ofertas. Se genera, si se quiere, un ´´mercado competitivo´´, en donde la única forma de sobrevivir sea dando al pueblo el mejor y más honesto de los servicios. Donde la vocación de servicio sea la más útil de las herramientas.

Cicerón decía: ´´Errar es de humano, persistir en el error de locos´´. A juzgar por el comportamiento de la sociedad dominicana, pareciera que padecemos de algo más que locura, pues solo así puedo justificar la acción de seguir alimentando la desgracia que los mismos rostros nos han provocado. Politicemos, integremos y demos más participación a nuestra sociedad en la toma de decisiones. La fiebre está en los partidos, no en la política. La coyuntura actual nos da la oportunidad de mirar, valorar y fortalecer nuevos horizontes, donde el compromiso con el pueblo sea innegociable.


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