La Constitución Inédita.


Por Bartolomé Pujals S.

La democracia dominicana se confiesa entrampada. La reviviscencia del tema de reformar la Constitución para incorporar la reelección presidencial como consecuencia de la coyuntura construida en torno a la cuestión por el gobernante de turno es muestra elocuente de una institucionalidad unidireccional que favorece exclusivamente a grupos dominantes y que cambia de mano conforme las circunstancias. Parece estar instalando en el ADN institucional de este país, el germen del oportunismo, de la ambición politiquera, de la instrumentalización de la soberanía popular, cada vez como irremisible condena destinada a resurgir.

La discusión desatada a propósito del tema es igualmente engañosa, propia de una democracia formalista, de una democracia sin política, es decir, en donde no existe debate dialéctico entre los sectores que antagonizan a lo interno de la sociedad y que son los que, partiendo de sus singulares intereses, pueden a través del consenso y del juego democrático generar un pacto político que arroje una Constitución que defina un proyecto de nación auténticamente democrático. Aquí lo que se pone de relieve es nuevamente una discusión entre elites, en el caso particular, entre bandos de un sector a lo interno del bloque hegemónico. La reforma constitucional no es una discusión entre sectores ubicados en lugares distintos dentro de la relación de poder que constituye el vinculo que representa lo político. Es un enfrentamiento que se da dentro de los limites de un mismo lado de la acera, en donde en puridad, los intereses esenciales de cada subgrupo terminan siendo los mismos, pero con métodos un tanto distintos.

La coyuntura es peligrosa, ya que existe la alta probabilidad de caer en posiciones definidas esencialmente por aquellos que tienen la capacidad de establecer los términos del debate político, en la ocasión, el Leonelismo versus el Danilismo. Quienes empujan la reforma tratan de inocular- con éxito-, la idea de que existen dos proyectos de país encontrados. Es decir, lo que se pretende reelegir son la promesa del futuro y la negación del pasado reciente contado del 2012 hacía atrás. Ese podría decirse que es la justificación filosófica de quienes encabezan la reelección. Pero nada más lejano a la verdad que esta dinámica maniqueista que se busca imponer.

Una de las premisas que se discute- y que se ha discutido siempre- con el tema de la reelección es la de referirse al asunto a partir de una supuesta categorización que se expresa en la existencia de diferentes modelos adoptados en el mundo con relación al fenómeno. Los que apela a la reelección bajo el “modelo americano” esbozan en su defensa dos elementos fundamentales: 1) que sólo así en países como los nuestros se obliga a la generación de nuevos liderazgos; 2) que en ocho años un presidente tiene la oportunidad de realizar mínimamente una obra de gobierno cuyo legado pueda trascender. El problema de esta discusión simplista, pobremente analítica y encubridora, es que asume la reelección como una cuestión meramente individual, en tanto es pensada de forma en donde se otorga una especie de predominio a la carrera particular del gobernante sobre la suerte de la colectividad, disociándola de un proyecto de nación.

La discusión recurrente de este tema en el ocaso de cada mandato constitucional del Presidente Medina, revela la negación histórica por parte de los sectores gobernantes en la discusión de los temas fundamentales del país. Vale preguntarse de nuevo: ¿Quiénes discuten y sobre qué discuten?. La respuesta salta a los ojos, y se robustece al ver con la facilidad que la Constitución dominicana siempre es sometida a esta discusión cuando se trata de una lucha por mantener o arrebatar la hegemonía. El debate de la reelección lo que refleja es el grave déficit democrático que existe en nuestro país; déficit, que no pudo ni quiso ser satisfecho por la Constitución del 2010, pues en aquel momento, el mismo tema -como otros de naturaleza estructural- fue definido y decidido por los sectores de la clase dirigente actual.

Mientras se acapara la agenda pública con el falso debate de la reelección sobre la base de la idealización de que son dos proyectos dialécticamente opuestos los que se enfrentan, existe una Constitución real, que se escribe cada día y que está representada en los problemas estructurales de la sociedad. Una Constitución inédita, que es el resultado de un consenso implícito de las mayorías y que implica la incorporación de demandas democráticas ancestrales y de una organicidad estatal diseñada sobre la base del pluralismo y la deliberación. Una Constitución que seguirá inédita bajo la actual correlación de fuerzas y con el desequilibrio que presentan las relaciones de poder. Una carta política que sea el resultado de una asamblea constituyente popular en donde deje de existir la tiranía del proyecto de valores de las minorías y en donde no se jerarquicen unos derechos sobre otros.  

En una democracia secuestrada y regida por un proyecto particular universalizado e impuesto a las mayorías, el debate de la reforma constitucional siempre girará en torno a aspectos cosméticos de la organización y gestión de lo público, pero nunca jamás alteraran los aspectos estructurales que garantizan el control efectivo del poder. El momento obliga a sincerar la discusión aportando al debate las evidencias de la severa crisis política que vive el país y con ello, comenzar a construir en el imaginario popular la idea de que la disputa es más amplia, compleja y radical de cómo aviesamente se quiere presentar.

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