Educar los puntos de vistas: por una nueva pedagogía política.


Por: Bartolomé Pujals S.

La imposición de sentido común como expresión más finalista de la labor política tiene diferentes formas de caracterizarse en una determinada sociedad política. La capacidad de que un actor genere en torno a sí un consenso en donde un proyecto de ideas, visiones, principios y valores singulares se conviertan y encarnen una idea universal que aglutine a las mayorías es pues una tarea performativa y narrativa que conlleva una constante construcción.

La educación, en tanto proceso, cumple fundamentalmente esta función, este fin. Su especie, la educación política, la cual en realidad es el género, se configura como expresara Freire, en torno a la idea de sacralizar la realidad como algo detenido, estático, dividido y bien configurado. Es decir, la educación política cumple una doble función: normaliza y normativiza unas ideas, unos valores, unos principios. Es pues, una educación institucionalizante y en tanto así debe ser preponderantemente narrativa, vertical y acrítica. 

Desde este punto de vista la profesionalización de la educación política busca formar “recursos humanos”, no crear conciencias políticas. No se busca que la gente tome conciencia de su ubicación en las relaciones de poder que constituye el vinculo esencial de la política. En cambio, lo que sí se pretende es crear agentes institucionalizadores de una realidad, sin importar cuán adversa le resulte esta. No se trata de entenderla, para que si existiesen las razones, se cambie. No. De lo que se trata es de asumirla y articularse en torno a ella, independientemente que la misma pueda resultar dialécticamente contraria a los intereses de los educandos. De resumirlo en una frase creo que resultaría elocuente esta: Educar para obstaculizar.

La visión profesionalizante de la educación política tiene sentido cuando el punto de vista se encuentra petrificado. Opera de forma reservada al ámbito de lo público, como técnica de gestión y administración dirigida a una vanguardia “representativa” que “busca soluciones” para “problemas coyunturales”, no estructurales. Siendo condición esencial la verticalidad, se imparte de forma bancarizada, en el marco de una relación en donde se procura la asimilación de contenidos acríticamente desde posición de objeto no de sujeto del proceso de educación política. Se resumen en el acto en donde un sujeto llena de contenido a un objeto caracterizado en el educando.

Con ello se crea una clase política dogmática, protectora de una institucionalidad esclerotizada y disfuncional a la democracia en tanto concebirse en base a la idea no de transformación, sino de normalización. Apelando a la identificación de una suerte de “conciencia de clase” que esconde en su seno un propósito de preservación de lo que en realidad constituyen los obstáculos de la sociedad. Es esa visión la que ha tomado cuerpo y predomina en la República Dominicana.

Esta perspectiva, que constituye el punto de vista de los puntos de vista, en cuanto a la concepción de la educación como proceso esencial, entre otras cosas, para el ejercicio de otros derechos, se ajusta con los parámetros de sociedades profundamente desiguales, en donde la ordenación de los privilegios se erige en puridad como una victoria ideológica.

Bajo la égida de esta visión de la sociedad y de la educación que a partir de ella debe impartirse, el proyecto de país está vinculado esencialmente a lo inmediato, desarraigado del pasado y con un presente que no tiene diferencias de propósitos con el futuro. Salvo aquellos pocos que tienen la posibilidad real de tomar decisiones, las mayorías se encuentran atadas a procesos de desconcientización, cuyos alcances para la obtención de condiciones de vida digna, están predeterminados por los agentes que determinan los términos de la educación.

La primera tarea es la de darse cuenta de que bajo los medios ordinarios que están en teoría: “al alcance de todos”, es empíricamente imposible trascender a nuestras actuales condiciones materiales de existencia. Una de las virtudes de la democracia es que cuando algo no funciona es posible cambiarlo. La labor política de nuestro tiempo es fundamentalmente una labor educativa, pero no una labor educativa en términos de lo que define el sistema que nos rige, en donde se trata de transmitir conceptos teóricos disociados de la realidad de la gente, sino una tarea en donde la ciudadanía además de reflexionar y articular sus intereses particulares con los colectivos, dialogue con la historia en un proceso en donde asimile su realidad como las victorias y las consecuencias de sectores que confluyen en la sociedad. A partir de ahí, será posible la construcción de un nuevo relato que vivifique y vindique la otra sociedad, que subyace a la mascarada en que vivimos, el otro país que se encuentra en el escondite.

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