EL CAMBIO QUE QUEREMOS, PERO QUE NO HACEMOS.

El tema de mayor transcendencia en los últimos años de la República Dominicana es el concerniente a la necesidad urgente de una transformación en el ámbito social, político y económico.

Todos sin excepción alguna pregonan la necesidad de dicho cambio. Desde los creadores de nuestra aciaga realidad, hasta aquellos sectores que se han caracterizado por la promoción del cambio desde los inicio de nuestra desdicha actual; ya sea con la intención verdadera de materializar dicho deseo o con el fin de capitalizar la misma a los fines de atraer militancia.

Innumerables movimientos tales como partidos políticos, asociaciones sin fines de lucro, fundaciones, etc., han surgido con la intención de pretender representar a aquellos tantos que su voz no es escuchada. Sin embargo, puedo afirmar sin temor a equivocarme que la gran mayoría de estos movimientos emergentes no han calado en la conciencia de todos los dominicanos, habida cuenta de que estos saben, necesitan y esperan un cambio. La responsabilidad de la falta de captación de militancia no ha sido de estos contados grupos, sino de los que buscan que los representen.

Múltiples razones, como son el incremento del narcotráfico y como este ha permeado los mas altos estamentos de la vida política, la delincuencia hiperbólica, la corrupción galopante y despiadada, el decrecimiento del estándar y calidad de vida de los dominicanos, la ultra expansión de la brecha entre clase, la anarquía gubernamental, son algunos de los elementos que motivan y justifican la necesidad imperiosa de una transformación en todos los ámbitos de la vida nacional dominicana.

No es duda para nadie, por lo menos para una persona con juicio y meridianamente consciente de que las razones para la metamorfosis social, política y económica están dadas. Empero, -y como lamento tener que emplear esta conjunción-, apartadas de las supra señaladas razones se encuentran las acciones de los oprimidos.

La población dominicana sabe-pues en carne propia la padece día a día- que estamos sumergidos en una crisis muy aguza, y que esta tiene ganado un terreno muy difícil, aunque no imposible de recuperar.

Los bretes que nos vapulean hostil y despiadadamente han abrigado y permeado todos los sectores de la sociedad. Como dije anteriormente la población anhela cambio, pero ha juzgar por el accionar y el discurso de la mayoría, sus deseos son hipócritas, pues no se arrojan a concretarlos.

No creo que se necesiten más elementos probatorios en por de demostrar la indiferencia de los partidos políticos tradicionales a los tormentos del pueblo. No creo tampoco, que haya oportunidad, por lo menos inmediata, de que los sectores tradicionales que se han encargado de destruir lo que con tanto esfuerzo les costo a los padres de la patria construir, reestructurarse para así sintonizarse con la visión de los angustiados.

La política es gestionar y administrar el Estado en por de la colectividad; no creo tampoco, que estos detractores de la República puedan hoy entender esto. Para comprender este concepto de suma importancia para todo aquél que ejerza funciones de índole política requiere de una moral y unos principios de fierro la cual sin duda alguna estos desde su formación política inicial no crearon. La política, como bien indicaba Max Weber, es una vocación, es una profesión, es una pasión, es una responsabilidad, no la forma o el medio de ascender socialmente y de enriquecerse a costa de los recursos de las arcas nacionales.

La conducta dominicana actual parece una escenificación de una obra shakesperiana, es decir, Ser o no Ser, cambio, pero no cambio. Muy dentro de nosotros queremos ser, pero en la realidad amargamente no somos. Falta un principio de ejecución por cada uno de los dominicanos, para que la luz del cambio comience acariciar sutilmente nuestras pupilas.

Basta de lo mismo, digamos no a lo que está, a lo que estuvo y a lo que quiere seguir, y digamos si de manera rimbombante a lo que quiere venir. Permitámonos cambiar, pues lo mejor siempre es diferente, ya es la hora de que este sea un mejor país para todos.

Utilicemos nuestro sagrado derecho de sufragar para alimentar las nuevas opciones de poder que hoy se nos presentan. Saquemos con urgencia de nuestra cabeza la idea de que votar por una opción nueva es desperdiciar el voto, bajo el endeble argumento de que al ser nuevas opciones carecen de posibilidad reales de alzarse con la victoria. Somos nosotros mismo con este pensamiento que provocamos  la ejecución de esta idea. El sufragio no es una apuesta, es un instrumento que garantiza la democracia y el fortalecimiento del Estado Constitucional de Derecho.

Avisémosle a los detractores de la patria, de la nación, que estamos en ojo avizor. Es hora de contraatacar, pues de no hacerlo, de manera automática nos enfilamos del lado de los voraces destructores del pasado, del presente y del porvenir dominicano.

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