TODOS SON OFICIALISTAS.


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Por Bartolomé Pujals S.

De forma afanosa la gente procura una voz disidente. Una que al hablar se refiera a sus realidades, que las comprenda, desnude y que planteé un camino cuyo tránsito implique un encuentro bendito con soluciones. 

Desde la caída de Trujillo, parecería que quedamos condenados a caminar sin límites por el eterno viacrucis que se denomina “transición hacia la democracia”. Desde aquel cercano momento histórico, que comprende unos 50 y tantos años, no se recuerda más que al inicio de aquella carrera por la democratización social e institucional dominicana la existencia de una voz disidente que concuerde con el afanoso sentir del pueblo dominicano. 

Es cierto que hubo intentos por convertir esa voz disidente en un ente capaz de echar la pelea por caminos reales de prosperidad. La idea errada de que existe una relación dialéctica, antagónica, -por lo menos en el caso de la RD- entre el gobierno y los que no están en él, ha sido el caramelo envenenado que ha mantenido en el sopor a aquellos que procuran el amparo de una voz disidente que haga sinapsis  con sus realidades coetáneas, el sentir mayoritario como musa esencial de esa voz. El discurso político dominante dicta convenientemente que, en principio, la dinámica dialéctica gire en torno al constante desencuentro entre gobierno y oposición. Una relación dicotómica entre "oficialistas" y "no oficialistas". 

La idea es sutilmente brillante, sobre todo por el hecho de que: 1) aliena y enajena la verdadera discusión política, la que se refiere a las relaciones de poder y como se encuentran distribuidas; 2) porque jerarquiza y elitiza la discusión en manos de la clase política, que no es más que el debate dialéctico de intereses entre mayoría y minorías y como el ente encargado (Estado) de aglutinar a esos dos bandos se inclina hacia un lado u otro; 3) porque mantiene los decibeles de la discusión controlados, mediante la existencia de controles implícitos en el "debate democrático" que trazan el alcance de la discusión. 

Se trata de  debatir y polemizar hasta puntos pre-determinamentes aceptados y que forman parte de un "chip" de lo que es políticamente correcto, no políticamente honesto y mucho menos conveniente. Es enmarcar el debate en las formas de hacer, no el fondo de lo que se hace. Centrifugar la polémica hacia lo ornamental de las instituciones, no a su existencia y las razones de ella y como consecuencia, los propósitos concretos que éstas, a fin de cuentas, materializan. 

Todo esto parte de un principio: el de ser políticamente correcto. Y para serlo, hay que convertirse en un jugador del sistema. Hay que amalgamarse al orden para estar a la orden. Convertirse en uno con las estructuras y aferrarse a lo estético y alejarse de lo epistemológico. En tanto los principios constituyen mandatos de optimización, ha de añadirse lógicamente otros principios. "Enfocarse en la respuesta, jamás en las preguntas" es un ejemplo. Lo que lleva a imaginarse lo catastrófico de aquel que responde sin conocer la pregunta o el porqué de ellas.


A juicio entonces de esa práctica política dominante, lo opuesto a ser políticamente correcto, es el anacronismo, la herejía, es remontarse a etapas previas al fin de la historia. Pero esa calificación, no es casual, sino causal e histórica. Es el resultado del proceso de reconfiguración mundial que hace un poco más de cuarto de siglo, sobrevino en el globo con la instauración de una unipolaridad ideológica, que llevo a algunos a decretar y a muchos a creer, como hemos dicho, que “la historia acabó”. 

Es allí donde surge la necesidad de innovar por última vez, la idea de crear un modo en donde la discusión política no se retrotraiga al pasado en tanto dimensión bizarra y desconocida. Frente a las reglas de la física y de la lógica, en tanto acción provoca reacción y causa conlleva efecto, la reacción y los efectos se convirtieron cual organismos asexuados en productores y no en productos de situaciones prístinas. El ayer dejó de existir sólo hasta el punto en donde surge la unipolaridad ideológica.

La aniquilación del ayer, en tanto germen de nuevas maneras, formas y costumbres, tuvo la genialidad de exhibir una diversa paleta de colores a través de los cuales fuese posible desarrollar "nuevas formas" de antagonismo político. Colores cuya fuente de composición es intocable y desconocida, pero que a fin de cuenta es uniforme, acrítica y cuyo propósito ulterior es servir de distingo cosmético. 

La nueva forma de conducir el mundo, parió lógicamente un nuevo lenguaje. Un vocabulario cuidadosamente seleccionado en donde se estableció semióticamente qué era posible decir y qué no dentro del juego democrático definiendo por ende el curso y alcance de las acciones políticas. 

Se reconfiguró el reparto de roles, sacando de escena a actores del "ayer" de principalía y por ende del flanco de ataque. Siguieron existiendo y siendo igual de importantes y peligrosos, pero sin sustancia, y con ello sin entidad para existir. Los vencedores como refleja la historia, dictaron las nuevas reglas del juego, pero por vez primera en esa empresa optaron por "desaparecer". 

Palabras como oligarquía, lucha de clases, socialismo, comunismo, revolución, burguesía, proletariado, pequeña burguesía y otras tantas desaparecieron del vocabulario político contemporáneo. Todo se estratificó econométricamente y se horizontalizó el poder, la desigualdad, la pobreza. Dejo de ser reprochable lo contrario a la humanidad y se convirtió en desequilibrio transitorio. Implícitamente lo desdeñable transmutó en utopía. La ortodoxia que por siglos dominó la humanidad, redujo la resistencia al margen de error propio de todo sistema humano.

Siendo parte del paradigma regente la competencia, se redujo todo a ganar por ganar, y no por solucionar. "Es la mejor elección competitiva": ahí quedó enmarcada la democracia. La competencia como medio para "alcanzar el poder", o dicho de forma honesta, para gestionarlo, se erigió sujetada a reglas de juego. Se compite con los colores disponibles y empleando el vocabulario aceptado. Es decir, nos "igualó", y equilibró la disputa. Transformar la República Dominicana comienza por decir las cosas que desagradan, por imponer nuevos términos en la discusión política, sacar del hoyo negro la realidad de la gente y convertirla en el nuevo y verdadero discurso.

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