Constitución para Expertos.


Por Bartolomé Pujals S.

Arrinconar la democracia se ha convertido en norma en nuestra sociedad política. Y para ello, se ha configurado un proceso que implica la alienación de la discusión sobre los principales temas estructurales que afectan a la gente. Esto no es nada nuevo, es propio de la deficiencia congénita de todo sistema que se petrifica en torno a la idea de la democracia representativa, en donde los niveles de asimetría en las relaciones de poder se mantienen desequilibrados.

Fomentar el escepticismo en el imaginario popular es una de las principales herramientas de nuestros días para despolitizar la democracia, para evitar su propia democratización expresado en la participación plural de la ciudadanía. Un escepticismo que como diría Fromm se funda en complejizar los problemas básicos de la vida y hacerlos incompresibles. Para ello se crean los expertos, los especialistas cuyos propósitos en el marco de la división social del trabajo, es el de fungir como “hacedores de soluciones”. Sólo a través de ellos es posible entender las causas de nuestros problemas. Se genera entonces al propio tiempo, un efecto que inhabilita a la gente sobre su capacidad de entender los problemas que les afectan, al reservar el saber a una suerte de “buen pensar” ajeno al común denominador de las personas, y a partir de esa premisa, ver en sí la posibilidad de crear soluciones por ellos mismos. La opinión de los expertos se erigen pues en un mecanismo de construcción del sentido común, en tanto normaliza y normativiza, en tanto se erige en autoridad.

En la era en donde imperan los “think tank”, las fundaciones globales, las academias de la profesionalización de la política, por encima de los instrumentos de participación y discusión política de la ciudadanía como los partidos políticos ocurren este tipo de situaciones. La coyuntura actual así lo demuestra. Sometidos nueva vez a la parafernalia de una reforma constitucional, se siguió el libreto de siempre. Las mayorías no opinaron, no participaron, no entendieron lo que pasaba. La opinión de los expertos bastó y sobró. La opinión polivalente fraguada en el crisol del interés particular, -de quien necesita la opinión y de quién la fabrica-, se erigió sobre todo un pueblo y justificó jurídica y hasta filosóficamente la causa de todo este trajín. 

La intelectualidad orgánica Prêt-à-Porter se encargó de reducir y de llevar a los mismos espacios de discusión de siempre la discusión de temas que de trascender a la coyuntura, tienen vocación para abrir el debate sobre los problemas estructurales que afectan a las mayorías y que siempre bajo el tamiz de la opinión experta es llevado al escondite, es cubierto con el manto del escepticismo ciudadano.

Aquí pues se logró reafirmar la condición de individuos de las mayorías y se negó en la acción, la más alta condición posible que es la de ser ciudadanos. Al final, quedó una constitución secuestrada por los grupos de siempre y abandona al retoque de los expertos. El pueblo no habló, no opinó, porque se le impidió, porque no sabía sobre que opinar, pues bastaba la opinión experta para abandonar otra vez la suerte de nuestro futuro a las mismas manos que se han encargado de destruirlo.

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