Loma Miranda y el Constitucionalismo Prêt-à-Porter.
He seguido con atención las
discusiones que se han generado a propósito de la observación realizada por el
Poder Ejecutivo a la ley que buscaba declarar a Loma Miranda como Parque
Nacional. Puntualmente, y sin ánimos de restar crédito a las diversas
posiciones que a favor y en contra se han generado, Cristóbal Rodríguez sostiene que la
observación del PE viene a “remediar un
conjunto de infracciones constitucionales” que contenían la ley aprobada
por el congreso, señalando de forma principal “la falta de razonabilidad” de la misma. Por su parte, Anselmo Muñiz evidencia el
arrinconamiento legal que hace Rodríguez de una situación eminentemente
política, lo que lleva a Jorge Prats a plantear que dicha
exposición teórica responde a lo que denomina como “el populismo anticonstitucional”. Jaime Rodríguez, riposta con
contundencia y sitúa a Jorge Prats dentro de “una visión ortodoxa del derecho constitucional (…) que niega ese
acoplamiento de lo jurídico con lo político (…), y que corresponde a lo que
denomina como “constitucionalismo
antipopular”.
Me he visto en la
necesidad de hacer
esta introducción, por considerarla vital para entender lo que desde mi punto
de vista es el quid del asunto y que
ya han tratado de forma separada pero armónica los jóvenes juristas Muñiz y
Rodríguez.
Desde que se declaró con
insólita prepotencia ilustrada el “fin de
la historia”, según las palabras del propio Francis Fukuyama, como parte
del proceso de sellado ideológico que consolidaba la unipolaridad mundial y con
ello la hegemonía geopolítica y geoeconómica del capitalismo como sistema
histórico, una corriente ha avanzado con mucha fuerza en los años sobrevenidos a la caída de aquel muro en Berlín. Los “vencedores”
de ese proceso de reconfiguración mundial se hicieron de dos armas conceptuales, que consistieron en el “pensamiento único” y la “ideología de la derrota”.
El primero se cimentó en la
idea de homogenizar y universalizar el pensamiento; se trató pues, de
categorizar qué clase de ideas resultaban aceptable y por ende, divulgables. El
segundo, consistió en un sofisticado y avanzando mecanismo de censura, cuyo
propósito fue el arrinconamiento dentro
de los dominios del saber convencional, la aniquilación del ayer, la creación
de una nueva lingüística contemporánea “acorde
con el sistema democrático”, la redefinición de las acciones políticamente
permitidas y la transmutación del concepto de hegemonía hacia el de
gobernabilidad.
El “buen pensar” como atinadamente lo llamare Alfonso Sastre, al
referirse al pensamiento que emana y producen las clases dominantes, campearon
por sus fueros por muchos años de forma solitaria. No fue sino hasta poco más
de una década que en América Latina se levantaran voces desafiantes,
contestatarias, no convencionales y hasta “políticamente
incorrectas” que comenzaron a reprochar las “buenas y nuevas maneras” en que el mundo se rige. Se dejó de ver el
ayer como pieza arqueológica y se rescató como aliciente y exquisita fuente de
ideas, de lucha.
Me parece importante abordar
este tema planteando estas premisas, puesto que
es más que evidente verlas reflejada en la discusión que se recrean en los
artículos anteriormente reseñados, particularmente en las posiciones que
esgrime el profesor Jorge Prats.
En Jorge Prats es bien conocido su temor a las mayorías y a la voluntad que de ella se pueda derivar. Es posible advertir en su pensamiento la objetivación de “valores convencionales” que a su juicio son los indispensables para el funcionamiento de una sociedad democrática. Dentro de ellos, es posible ver su histórica defensa a la democracia representativa y su negación al reconocimiento de la crisis meridiana que sufre ésta en la República Dominicana. Su conveniente relativización del principio democrático y su reducción de la soberanía popular al mero ejercicio del voto y a un respeto irrestricto y en lo absoluto reciproco a las “instituciones democráticas” reflejan su condición de guardián del sistema que rige nuestra vida social, política y económica.
Contradictoriamente, Jorge
Prats pregona a todo pulmón la necesidad de “una democracia
más deliberativa, más dialogada, más republicana, más participativa, y menos
vertical, centralizada y autoritaria”, pues las causas
que intelectualmente este jurista asume son radicalmente opuestas a la
construcción de una democracia realmente plural, regida por los designios de la
mayorías. El caso de Loma Miranda es más que suficiente para decir que hay más
de político que de jurídico, cuando pregona su deseo por tener una democracia con
las características ya señaladas.
Lo que Jorge Prats se niega reconocer
en el tema de Loma Miranda es lo que precisamente Muñiz y Rodríguez han
resaltado con agudeza y es el factor esencialmente político que trasciende a la
discusión jurídica, ecológica, en fin técnica, que complementa, no que
fundamenta, el tema de discusión. Es la forma en que las relaciones de poder se
encuentran organizadas en nuestro país y que encuentran explicación por ejemplo
en un golpe de Estado perpetrado en 1963, en un modelo de inversión extranjera
que permite la repatriación indiscriminada de las utilidades de los inversionistas,
que no son más que las riquezas producidas por el pueblo dominicano, que
explica por qué ante un crecimiento económico sostenible sin precedentes, el
poder adquisitivo de la gente se haya reducido, por qué se verifica un aumento
exponencial en los procesos de mercantilización de los derechos fundamentales
derivados de la adopción técnica de una concepción del servicio público que
favorece al interés y lucro privatizados.
Para Jorge Prats, pareciera que el
Estado es un poder exteriormente impuesto a la sociedad y no como dijera Engels,
el producto de la sociedad cuando llega a un grado de desarrollo determinado y
que confiesa su irremediable contradicción consigo mismo y la existencia de
antagonismos irreconciliables que hace necesario un poder que domine ostensiblemente
a la sociedad y se encargue de dirimir el conflicto o mantenerlo dentro de los
limites del orden.
Su posición, que parte de aquella
arma señalada y que denominamos pensamiento único, tiene un propósito dogmático
que busca generar adhesión en torno a la idea de asumir el ejercicio de una
atribución constitucional que a todas luces favorece a una minoría. La
limitación de la discusión al ámbito jurídico, provoca la dicotomía simplona
entre el poder o no, que tenía el presidente de ejercer dicha facultad y en ese
caso, como señalara Cristóbal Rodríguez, las “razones jurídicas” que la sustentan. Como se ve en todo caso, reducen
el debate a la capacidad o incapacidad de observar y porque jurídicamente convenía
hacerlo. Pero en ningún supuesto, estos juristas se plantean la pregunta de por
qué el poder ejecutivo en la persona de su presidente, políticamente ejerció dicha
atribución en tal sentido.
Es como asumir el mito de la “mano invisible” de Adam Smith en la economía
y extrapolarlo a la política como una forma de negar la confluencia de clases y
sectores con intereses disimiles y los antagonismos irremediables, por veces
soterrados, que se producen entre sí.
Ha sido Jorge Prats quien ha
reconocido en múltiples ocasiones la existencia de élites, pero en esta ocasión
brilla por su ausencia en esta discusión. Lo que lleva a preguntarse lo
siguiente: ¿Por qué esa institucionalidad, esa democracia constitucional que
defiende Jorge Prats, siempre se decanta con “interpretaciones constitucionales” que sólo favorecen a las elites?
Cabe preguntarse también: ¿Por qué el constitucionalismo prêt-à-porter o listo
para llevar, sólo reditúa para los sectores de poder?
Desde la misma constitución que se
refiere Jorge Prats es posible, a pesar de su estructura neoliberal, producir
interpretaciones distintas a las que enfocan los defensores del veto
presidencial fundado en valores que se encuentran objetivados en la carta política.
Pero no se trata de eso. Se trata de la única interpretación admisible en la
especie y es aquella que se produce de la voluntad de las mayorías, esa que
refleja el problema político de fondo, la crisis de representatividad que
merodea y que se coloca por encima de la discusión acerca de la sostenibilidad
o no del aprovechamiento de los recursos naturales que yacen en el sub-suelo de
Loma Miranda. Esa voluntad que informa al sistema político y les expresa su
desconfianza y su decisión de NO EXPLOTAR Loma Miranda bajo la égida de este
liderazgo y bajo las condiciones políticas que adornan nuestro país.
El temor de Jorge Prats a la “tiranía de la mayoría” tiene más de mito
y de agorero que de realidad. Existe evidencia histórica categórica que demuestra
que la República Dominicana desde su fundación ha estado bajo la tutela de la “tiranía de las minorías”, sean
militares, políticas o económicas. No hemos tenido la oportunidad de que sean
las grandes mayorías las que rijan su destino, salvo aquella ocasión que sólo
duró 7 meses; y muestra de ello, es que ante la manifestación mayoritaria del
pueblo tanto en las calles como bajo la representación del Congreso Nacional,
la alienada y elitizada democracia dominicana obró en sentido contrario al
sentir de quien provee de legitimidad a las instituciones. Este temor a las
mayorías es a su vez un reflejo de la subestimación e imaginada incapacidad que
injustamente se le atribuye al pueblo para diseñar, determinar y decidir el
proyecto de nación y de vida que quiera darse y que provoca que “expertos” articulados en clases o
sectores sean los autorizados para interpretar lo que es conveniente para el
pueblo.
Las posiciones que apoyan la
observación presidencial no carecen de contenido axiológico. Por el contrario,
lo que si parece es que el proyecto de valores que adornan sus argumentos son
política y éticamente distintos a los que nos oponemos a la observación
presidencial y que dichos valores nos han conducido a la lamentable posibilidad
de que en nuestro país se entronice la tiranía de los valores de la cual
casualmente hablaba Schmitt, el mismo utilizado por Jorge Prats para estigmatizar
los argumentos que se le oponen. Lo cierto es, que es el proyecto de valores de
la minoría el que rige, el que es secundado y respetado por la clase política,
es el que orienta, determina y porque no, subyuga la forma de ordenación de la
vida de todos los ciudadanos de este país.
Las diversas manifestaciones que
se han levantado en distintos ordenes, pero para los fines de este análisis,
las que se refieren a Loma Miranda, buscan aquello que sabiamente indicara
Zagrebelsky, que es controlar y evitar que determinados valores adquieran
carácter absoluto y se conviertan en tiranos. Son casualmente las más puras y
efectivas formas de ejercitar esa democracia “participativa, dialogada y deliberativa” las que Jorge Prats
rechaza y encuadra haciendo uso de la ideología de la derrota, en lo que él denominaba
como populismo anticonstitucional y asociando con viejos demonios conocidos y prácticas
unánimemente rechazadas como el nazismo.
Esa visión esclerotizada y
perfumada de la democracia es lo que lleva a juicios tan desafortunados como
estos. Es la idealización de una democracia bajo aire acondicionado y cuya
discusión sea sólo inteligible a los “expertos”
lo que evidencia la avanzada en curso con miras a jerarquizar valores cuya
capacidad de reivindicación está abandona a la suerte de unos pocos.
Es por ello, que Jorge Prats se
auxilia del fantasma del populismo para generar adhesiones en torno a su
posición. Es el instrumento perfecto para demostrar que sus argumentos parten
del “buen pensar”. Y lo hace, pues la
historia del concepto de populismo se condensa rápidamente en dos términos:
imprecisión y ambivalencia. Pero estas
contradicciones e imprecisiones no son casuales, ni mucho menos el resultado del
rigor científico. Son más bien obra de esa ideología de la derrota que ya
mencionamos, esa que pretende demonizar el populismo como una forma de hacer resistencia
al cambio de paradigma.
El populismo no es tiranía y atentado contra
las libertades individuales. Es sino el reflejo de un déficit de
representación, así como también del intento de articular demandas
insatisfechas para modificar el orden existente. Es la justa medida del
principio de la soberanía popular, como forma pura del orden democrático.
Este concepto es propio de la democracia, es
una forma de complementar la noción de democracia representativa, la democracia
material, más allá de la formal. Es la búsqueda de una democracia deliberativa
en las que sus decisiones sean las mejores y aquellas que son tomadas como
consecuencia de la reflexión de la ciudadanía, particularmente de esa que
constituye la mayoría y que por el tipo de democracia elitista y proyeccionista
del sistema capitalista que tenemos en Latinoamérica, favorece a los que más tienen
y no responde a las más sentidas necesidades del pueblo.
Democracia
no puede ser la “elección más competitiva”
como decía Schumpeter. La democracia que necesita la República Dominicana debe
contar con dos características fundamentales: 1) ampliación de los
sujetos que participan en la decisión de los bienes comunes y; 2) la ampliación
de los bienes comunes. Basta ya de la democracia instrumental, competitiva, procedimental,
fosilizada que ata la voluntad de las mayorías a instituciones incapaces de dar
respuesta. Democracia es pues,
en palabras de García Linera, la creciente participación de la sociedad
en la definición de lo que es común, en la ampliación de lo que es común y en
la distribución de lo que es común. La democracia vaciada de contenido político
que proponen los “expertos” se
encuentra en las antípodas de lo necesitado.
Antes de concluir y sin caer en maniqueísmo, es
necesario hacerse algunas preguntas: ¿De qué lado hubiesen estado el
constitucionalismo prêt-à-porter cuando se produjo el golpe de Estado a Bosch,
por “atentar” contra la propiedad privada y la libertad de empresa? O ¿De qué
lado hubiese estado ese mismo sector aquel 11 de septiembre del 1973 en aquellas
calles ensangrentadas de Santiago de Chile, cuando la insubordinación militar
motivada por el sector empresarial decidió interrumpir un gobierno
constitucional por el supuesto hecho de “atentar contra la propiedad privada,
la seguridad jurídica y la libertad de empresa?. ¿De qué lado estará el constitucionalismo
prêt-à-porter cada vez que se levanten las banderas de la libertad de empresa,
de la propiedad privada y la seguridad jurídica para justificar golpes de
Estado o atentados contra los poderes legítimamente constituidos? Me parece que existen argumentos de sobra para
responder estas preguntas.
El constitucionalismo prêt-à-porter, que es lo
mismo que el constitucionalismo antipopular, tiene la característica sistemática
de favorecer a aquel que tenga la capacidad de agenciarlo. Es un
constitucionalismo listo para llevar, bien enlatado, conveniente y oportuno
para superponer unos derechos sobre otros, y para que cierto orden de cosas se
mantenga inalterable. Las voces vanguardistas del constitucionalismo
dominicano, tienen mucho de gatopardo, buscan cambiar todo para que no cambie
nada. Al final, ese constitucionalismo prêt-à-porter busca garantizar los
intereses que históricamente se han opuesto al desarrollo, a la prosperidad y a
la felicidad del pueblo dominicano. Son sus hechos, sus argumentos los que
hablan por mil años.
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