Embestir el mañana.

Zigzagueante caminaba en el sentido contrario de la vida. Una apuesta segura era el propósito de aquella pugnaz acción. El porvenir era bruma. Puro humo, agonía gratuita e inevitable. 

Parecía una travesía sin concesiones, sin medias tintas. Ser o ser, una negación dialéctica del contraste o de la comparación, como se quiera. Era el parto de la bruma, no el fruto de la realidad. Era posible afrontar el mañana. Había rendijas por donde escurrirse hacia mejores ayeres donde fuese posible imbuirse del espíritu del mejor hombre que fuimos. 

El zigzagueo era pura y bella estrategia; virtuosa pericia para evitar las zancadas del derrotado, del humillado, del desconsolado que como hoy, vivió ayer en sí. Ondulado en el andar, pasos firmes pero irregulares, roces precisos, impulsados por buscar lo mejor de sí y sortear los prístinos obstáculos superados que se pensaban imbatibles y nacidos para vencer. 


Rico elixir de dignidad y esperanza irradió el ayer, alquimia de un renovado espíritu para embestir el mañana. Fue en ese momento que el hombre erguido, pretéritamente apesadumbrado, quien al ver lo que fue entiende la importancia de ser lo que es y lo que habrá de ser.

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