No perdamos la vigilia.
Los hombres y mujeres de Latinoamérica que aspiran a crear o que forman parte de procesos alternativos, revolucionarios y que buscan la emancipación de sus pueblos y de acabar con la explotación del hombre por el hombre para construir un nuevo sentido de humanidad tienen un gran reto por delante: no dejarse vencer por el capital y de los feroces ataques que dimanan de ese peligroso enemigo que se llama postmodernidad.
Se impone como alta necesidad humana la de priorizar la humanidad sobre el capital. La de rescatar los sanos vestigios que quedan de una concepción del otro, del semejante, matizada por ser noble, colectivista, cooperador y que caracteriza la otredad como la suma de nuestras bondades y virtudes y no nuestras fobias y odios.
Toca luchar contra tiempos que se encuentran más arraigados que nunca en las páginas de la historias. La búsqueda de felicidad y el progreso como motor de la historia humana son exhibidas, cual joya de anaquel, como logros de la época derivado de una perversa ligazón que confunde la pureza y el vigor de estos propósitos con una idea de éxito que está asociada a la capacidad de acumular, lo que a su vez plantea que el objetivo fundamental de la vida,-ser felices-, dependerá de cuanto lleno en lo exterior estemos a costa de vaciarnos el interior.
Rodeados de logros materiales no hemos reparado que caminamos un sendero conformado por las cenizas de la humanidad, como costosa contrapartida requerida para construir una época tan mezquina, despiadada, cruel y extintiva como la nuestra.
Una "naturaleza humana" distinta es posible o por lo menos debe ser el horizonte que riga nuestros designios. Deber ser la llamarada que impulse y alumbre cada acción, cada nuevo habito, cada nueva costumbre, en fin una nueva y verdadera forma de vivir, de concebirnos como seres humanos, de relacionarnos con el otro y de habitar y convivir en nuestro entorno.
Las reglas del juego impiden esto, pues están hechas para fragmentarnos y para fomentar una concepción ultraindividualista de que el mundo se detiene hasta el alcance de nuestra vista o peor aun, de la relatividad de nuestras preocupaciones.
Es sano y táctico asumir la conveniencia de un idealismo aterrizado y advertido por la crudeza y fortaleza de la realidad regente. Lo que implica e invita a su vez a los hombres y mujeres que luchan a la sazón, a que se asuman como personajes de transición con conciencia de ello y desprendidos del soborno de la inmortalidad que otorga la historia a aquellos que se crecen por encima de las circunstancias, aunque otros entiendan mañana que no sea posible no reconocer tal sacrificio.
Toca por igual desligarse del lógico sentimiento y resentimiento de venganza que produce la opresión en los hombres y sublimar esas energías en esfuerzos con vocación transformadora que nos imbuya de un espíritu orientado a construir los cimientos de la realidad negada, sobre los cuales las generaciones que nos sucederán podrán comenzar de nuevo.
Lo ambicioso del propósito no debe ser motivo para desfallecer, si nos convencemos que la razón humana está de nuestro lado y que debemos corresponder con aquellos que en el pasado sembraron los arboles que hoy nos cobijan con su sombra.
Desfallecer y transigir no es fallarle a otros, es fallarnos a nosotros mismos. Carga más pesada que esa, imposible en la tierra.
Comentarios
Publicar un comentario
Déjame tu opinión.