MORIR EN EL INTENTO
Hace unos años decidí adentrarme en el mundo de la política con la idea de que de no hacerlo las peripecias que la cotidianeidad me ponía en el camino no desaparecerían. La teoría y la dogmática política refieren que debe ser así. Sugieren que el soberano (el pueblo) debe participar de las decisiones que atañen al Estado y ejercer un control sobre las personas que conducen los destinos de nuestra nación, como una forma de procurar tener una sociedad más justa, plural y equitativa. Sin embargo, cada vez me siento más solo; y digo solo, pues cada día me doy cuenta, de que no todos tienen verdaderas intenciones de generar esa necesaria transfiguración que precisa nuestro actual sistema.
Dentro de mi generación, mucho de los cuales pregonan, cual profetas bíblicos, su deseo de generar cambios en nuestra sociedad, pretenden y andan en muchas cosas, menos en por de generar un verdadero cambio. La mayoría de los que se encuentran sumergidos en las amargas aguas de la política, se la pasan cascareando sus huevos más allá de lo necesario y lo prudente e intentando hacer ruido y gala de conocimiento para llamar la atención de los detractores de la patria, a los fines de agenciarse un lugar cercano a ellos. Intentan generar el ´´cambio´´, utilizando los mismos mecanismos de atracción de militancia que usaron y usan los responsables de nuestra nefasta realidad. La compra de conciencia a través de la aceptación de una cerveza, un vino o botella de ron, de la invitación a un coctel o actividad de tipo lúdica, la entrega de canonjías, de una tarjetita, en fin, de tantas otras maneras de serenar conciencias, fundamentando en la misma línea de pensamiento putrefacto de nuestra sociedad.
Frente a terceros todos reclaman propuestas, pero durante el proceso de peregrinación política rostro a rostro cada quien piensa y pide por lo suyo, desconociendo que un país mejor para todo es mejor para todos y no para unos pocos. Y es que llama a reflexión, a profunda reflexión enfatizó, el hecho de que para atraer a la juventud en la política, con intenciones de concientizar sus mentes con respecto a lo que se requiere para generar esta transformación, lo primero que tiene que darse es un aliciente; pero, no un estimulo soportado sobre la base de un plano de arquitectura política, social, económica, sino, aquel que satisfaga los placeres inmeditatistas y fugaces que genera el día a día, como son: la bebida, la comida e incentivos en metal por asistir a un evento que tenga como objetivo escucharlos y a través de sus impresiones generar soluciones al respecto. Es decir, es como pagarle, a un niño para que vaya a la escuela, cuando debe este desear hacerlo, o pagarle al enfermo para que vaya a curarse.
La gente lo primero que te inquiere es que hay para ellos y no que propuestas tienes para ellos, es decir, piensan en función de sus interés particulares y no de que con su integración, se puede generar un cambio que transcienda más allá del placer que le puede generar la prebenda dada un día en tiempos de desesperación electoral. Es una falacia pensar que existe el deseo de cambio basado en función de términos colectivos y plurales; lo que existe es un deseo de cambio sobre la realidad particular y singular de cada quien. Es notable advertir como la impermeabilización de las ideas banales y baladíes importadas de culturas que rechazan y repulsan nuestro folklore y el ´´conchoprimismo´´ dominicano, bullen y proliferan en las mentes de nuestros activos más importantes como lo son la infancia y la juventud, expoliando hasta la última gota de esperanza y arrojo que nos queda en nuestros adentros.
Todos sin excepción alguna pregonan la necesidad de dicho cambio, desde los creadores de nuestra aciaga realidad, hasta aquellos sectores que se han caracterizado por la promoción del cambio desde los inicio de nuestra desdicha actual; ya sea con la intención verdadera de materializar dicho deseo o con el fin de capitalizar la misma a los fines de atraer militancia. Sin embargo, esta idea de cambio debe ser sobre la base de un ejercicio de reflexión y contemplación serio sobre lo que esta pasando en este país; dice el refrán que lo que esta a la vista no necesita espejuelos.
Es como indicare Milton Morrison en su libro la Ruptura Generacional, y como he venido sosteniendo desde hace ya un tiempo, los políticos de hoy, en la figura de los partidos tradiciones que son los únicos que han detentado el poder, pretenden resolver los mismos problemas que dijeron resolverían hace ya cuatro décadas. Una delincuencia que nos arropa y solo da señales de aumento; una crisis energética que como una enfermedad autoinmune absorbe todas las erradas soluciones que se han querido plantear y que desde su génesis surgió atiborrada de dificultades e ineficiencias; un crecimiento económico que no se aprecia y que no se ve en términos concretos; una percepción de corrupción estática y con miras a acrecentarse; un transporte público que hace apología del desastre y la vergüenza, que no responde a la necesidades de la población y que esta monopolizado por un grupo de mercenarios y mercaderes que se lucran a través de él, no obstante la ineptitud en la prestación del servicio y falta de respeto a las autoridades y a los consumidores; un desorden en el planeamiento y ornamento urbano, que se ve reflejado en la falta de señalización de las calles, casas, locales, problemas con las basura, etc.; una industria nacional inexistente y una actividad agrícola cada vez mas vergonzosa; un mercado que se mantiene de la exportación de productos que pudiesen ser creados en nuestra tierra y que por la falta de incentivos y políticas macroeconómicas oportunas no se hace; una educación estancada en el retroceso y la malformación de los ciudadanos, la cual cuenta con menos del 50% de la inversión que la ley establece para su desenvolvimiento anual; la ultra expansión de la brecha entre clases y la desaparición de la clase medía; incremento del gasto público; la falta de un programa de priorización de la inversión pública; en fin, ricos cada vez más ricos, pobres cada vez más pobres y una sociedad cada vez más injusta.
La gente solo te invita a verter las ideas en el pozo de los desperdicios y las desilusiones. Te instigan a que afrontes la realidad como los detractores de la patria lo hicieron, apandillándose en contra de la colectividad y en beneficio propio, con miras a garantizar sus días con los dineros que proceden de las arcas nacionales. Se te exhorta a acallar las ideas y a no señalar que gobiernos como este, y los del pasado próximo han acrecentado la nube de descomposición y desorden en la que estamos viviendo; sugieren barbaridades de esta índole, bajo el soborno de no implicar ser estigmatizado por estos y el pueblo cómplice y resultar desterrado al limbo de la indiferencia política y social. Se nos aconseja una suerte de complicidad, basada en un amiguismo que antecede al pseudo ejercicio intelectual de refutar morigeradamente las acciones de los gobernantes de turno. Es atacar, pero con cuidado, con un poco de olímpica ligereza, pero con elocuencia digna de encomio, cosa de atraer la atención de la militancia descarriada y sin color, que luego nos permitirá obtener el relevo entre el poder y la oposición, sobre la base de la ejecución de una política de continuismo de los mismos actos. Es decir, que nos mantengamos como las velas de los santos “ni tan cerca que queme al santo, ni tan lejos que no lo alumbre”.
Y es que una generación que en su gran mayoría ha surgido con la intención de quedar expuesta a ser corrompida, no pude dar garantías a nadie ni a nada de que tengamos un cambio en un futuro cercano. He observado como muchos jóvenes y otros no tan, expresan un discurso atrevido y a veces poco consecuente con los actores políticos y la sociedad en general; pero, una vez puesto frente a los destinatarios de sus ataques y sus reproches, sus piernas comienzan a debilitarse, sus labios a deshumedecerse, su garganta a atragantarse y la fluidez y la contundencia de su discurso a eclipsarse. Un aire de timidez los aborda y la ingenuidad que se ve en un niño al conocer a alguien que admira, se asoma a su rostro. Alegan que su conducta se remite a un gesto de diplomacia; yo diría más bien a un acto claro de hipocresía. Es ahí en el momento de que muchos de los que en principio pulularon en la solitaria senda del cambio social, político y económico, cruzan por el concurrido puente que los conducirá a la perpetuación de nuestras calamidades. Es ese el momento, donde se obra con el ejemplo y se provoca que cada vez sean más los que crucen hacia aquel lado y dejen solo este.
No podemos seguir cavilando en la inmortalidad del cangrejo, como cangrejos que no tienen conciencia de sí mismo, de su existencia, de que su vida es un propósito y no un dislate. No ser iguales, no hacer lo mismo, sino distinguirnos y destacarnos por el desinteresado servicio a nuestro país.
Cada vez son más los que hablan de cambiar, y cada vez menos los que así lo desean. Cada día que pasa me convenzo más, de que muchos, que hoy son pocos, morirán en el intento, o quizás peor, terminar por tirar la toalla y cruzar hacía la senda que una vez apedrearon con vehemente y ardiente pasión patria. Quizás ese sendero solitario se convertirán en un tupido e infértil pasto que devorarán bocado a bocado, los jueces más severo, el tiempo y la historia.

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